La presa principal del embalse de Villameca se empezó antes de la guerra civil española y se paralizó hasta después de acabada. Mientras, los españoles sufrimos las consecuencias: jóvenes muertos en combate y algunos fusilados, como le pasó al carnicero de Porqueros quien apareció, una madrugada, junto a un “castañal” de Donillas, con dos orificios en la frente. Le achacaban de rojo aunque nadie lo pudo comprobar. Algunos Cepedanos dormían en el monte y, lo que sí se sabe, que los Redentoristas de Astorga libraron “de más de un fusilamiento”.

En 1.947 Franco en persona inauguró el pantano.

Desde siempre se regaba en los valles valiéndose de canales y de pozos con norias.

El nivel de vida era bajo, pero ya se notaba una renovación en las costumbres, ampliación de superficies sembradas y más variedad, especialmente en las hortalizas.

Cada pueblo se regía por el tradicional Concejo, de acuerdo con las ordenanzas. Se acordaban los trabajos comunales, cómo llevar a cabo las ayudas a los necesitados, repartir el pasto y el campo común a base de “quiñones”, la forma de que el nuevo matrimonio dispusiese de fincas para recoger centeno, trigo y patatas.

El agua del embalse aumentó muy considerablemente la superficie regada y tierras de secano se convirtieron, a base de mucho trabajo, abono y sulfatos, en rentables de frutos que algunas de “por lo bajo” no daban ya que habían enfermado.

El pantano, al menos en parte, tuvo la culpa de que desapareciesen los viñedos, que tanta alegría daban, especialmente al beber aquel vinín ácido pero auténtico.

A la hora de embalsar, el pueblo más afectado, el que desapareció, fue Oliegos, a la mayoría de los habitantes los trasladaron a Foncastín, lugar escaso de agua y con otra clase de cultivos y en donde, el año pasado celebraron sus cincuenta años de estancia; celebraron una misa ante la imagen de su patrona y el tañir de sus campanas llevadas de Oliegos. Por la tarde se podía admirar una exposición de fotografías y recuerdos del pueblo cepedano: reafirmación de sus raíces. Los habitantes de la ribera del Tuerto nunca agradeceremos lo suficiente el sacrificio que supuso para los de Oliegos. Aquellas casas abandonadas fueron saqueadas con el fin de apoderarse de la madera. Era desolador contemplar aquel panorama, en especial la iglesia.

Las tres presas se construyeron utilizando la arena extraída de un lugar cercano a Porqueros de cuya estación se llevaba el cemento por una carretera que aún existe.

En los trabajos participaron muchos Cepedanos (de aquella no había máquinas) y también, después de la guerra, un grupo de presos que no debían ser peligrosos pues no había centinelas.

El pantano de Villameca se alimenta, también, con parte del agua del Valdesamario, mediante un túnel.

El valle del Tuerto es mucho más frondoso; las truchas eran más sabrosas antes y había lampreas. Las fuentes y pozos, aún de lugares bastante lejanos, ahora disponen de agua cuando el pantano está lleno.

A orillas del pantano hay una hermosa playa a donde acuden por el verano las personas de Astorga y comarcas cercanas. A lo largo del río se han instalado campings bien acondicionados.

Cada año, en los aledaños de la presa principal, se celebra la fiesta comarcal, el Patrón Santiago, motivo de encuentro y recuerdo de las tradiciones.

Disipado el miedo a las llenas, cuando nieva mucho, como ocurrió en el año 1.934.

El pueblo que primero se benefició fue Villameca: Central telefónica, cuartel de la Guardia Civil y arreglo de la calle principal.

Desde el primer año se han abonado las tarifas impuestas por riego religiosamente y respetadas las normas. Estamos seguros que el coste de la obra y de los modernos canales ya está bien pagado.

Los canales primeros, los existentes hasta el año pasado, los hicieron los mismos regantes, a base de pico y pala y ¡cómo no!, con la ayuda de la “pareja de vacas” que por hacendera especial debían prestar los vecinos.

Armando Álvarez Cabrera

Publicado en El Faro Astorgano en 1.997